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EL CONTACTO HISPANO INDIGENA EN CATAMARCA
Por: Lic. Rodolfo Cruz
GOBIERNO DE LA PROVINCIA DE CATAMARCA
Dirección de Patrimonio Cultural
Departamento de Gestión del Patrimonio
Arqueológico y Paleontológico

 

2.- La organización del espacio territorial

Al momento del contacto con los españoles los pueblos que habitaron la actual provincia de Catamarca compartían ciertas características con sus circunvecinos de las también actuales provincias de La Rioja, y parte de las de Tucumán, Salta y Jujuy. Una de ellas era la práctica de una agricultura intensiva en valles, laderas y quebradas.

Aquella era sumamente compleja y requirió para las etnias catamarqueñas centurias de permanente desarrollo tecnológico. Resultaba apropiada para tierras que sólo podían ofrecer productos si contaban con riego artificial. Tanto los rigurosos sistemas de regadío (represas, tomas, canales, acequias) como los métodos de preparación de los suelos (terrazas de cultivo, canchones, melgas, camellones) implicaron un conocimiento agroecológico y astronómico muy perfeccionado.

Así obtuvieron maíz, porotos, calabazas, zapallos, ají, maní, papa, quínoa, algodón, etc. Pero esta diversificación de la producción no se podía realizar en un determinado territorio circunscripto, puesto que no existía un espacio que reuniera todas las características agroecológicas, necesarias para la variedad de cultivos que incluía la dieta de los pobladores nativos. Así como existían zonas más apropiadas que otras para el desarrollo de la flora y la fauna autóctona, también las había para la producción de una especie vegetal en particular.

En buena medida, estas zonas estaban determinadas por la altitud, la latitud y la conjugación de indicadores climáticos como vientos, temperaturas y regímenes de lluvia. Las soluciones a este problema llevaron a los pobladores a implementar distintas estrategias que combinaban la ocupación múltiple de los espacios ecológicos con el trueque o el intercambio de bienes y servicios.

El resultado fue una peculiar organización del espacio productivo, donde los integrantes de un pueblo aborigen se repartían en nichos ecológicos distintos, o recurrían al trueque de sus excedentes con otros pueblos, o bien hacían uso del parentesco (con su red de familiares y parientes) real o ficticio para intercambiar u obtener bienes que no podían producir.

El complemento de aquel sistema productivo prehispánico lo componían los campos y bosques comunitarios, en los cuales se realizaban actividades de pastoreo de camélidos y extractivas (leña, maderas, miel, cera, y principalmente algarroba); a los que se sumaban los campos de caza de fauna silvestre. El funcionamiento del sistema requería de una organización, pues los nichos ecológicos y los campos, además de estar bastantes dispersos en el espacio, no pocas veces se superponían con territorios de otros pueblos.

Aquella organización daba sentido a todos los ámbitos de la vida de los habitantes prehispánicos, y les permitió reproducirse en forma física, social y simbólica. De este modo procuraron conseguir una alimentación que les permitiera materializar su existencia como seres humanos y la de sus potenciales sucesores a partir del trabajo cotidiano. Pero también debieron establecer relaciones sociales entre ellos para poder contar con todos los recursos materiales, desde la vestimenta, los artefactos de cultivo, la tierra y el agua, hasta el alimento.

Asimismo esas maneras de reproducirse no hubieran tenido plenitud si no hubiera habido razones éticas para existir. El plano religioso o ritual era el que permitía otorgar legitimidad o no a las acciones de los hombres y mujeres, entre ellos y con la naturaleza, a través de la comunicación con los dioses. En la cosmovisión (visión del mundo) prehispánica todas las actividades diarias tenían algún componente simbólico.

¿Cuál era esa organización?. La base no resultaba muy distinta a la de los pueblos de la zona andina central (actual Perú y Bolivia), pues como lo demuestran los estudios precedentes de este libro, fueron más las similitudes que las diferencias con aquellos pueblos. Los hogares del espacio catamarqueño prehispánico aglutinaban en su seno a una población numerosa, emparentada entre sí.

Se trataba de familias extensas, donde varias generaciones (abuelos y/o bisabuelos, padres, hermanos, sobrinos, tíos, yernos, hijos, nietos y/o bisnietos) organizaban su trabajo de acuerdo al sexo y a la edad de cada miembro, de forma tal de contribuir en conjunto a la generación de un ingreso del hogar. Como ya vimos, disponían del acceso a tierras de sembradío y a campos comunitarios para obtener como productores directos una gran variedad de elementos.

Pero el usufructo de los recursos y la reproducción de los hogares en términos amplios sólo podía llevarse a cabo previa participación en formas organizacionales sociopolíticas más amplias. El concepto que definía las aglutinaciones de todas las familias extensas era el de etnia o grupo étnico.

En la etnia se expresaron rasgos materiales (artefactos, territorio, vestimenta etc.) y rasgos culturales (lengua, instituciones, ideología, etc.) que, junto con las relaciones sociales correspondientes permitían a los integrantes construir una identidad particular. Para ello se apelaba a diferencias y a semejanzas con otros grupos étnicos a partir de autoadscripciones e identificaciones externas. En tiempos prehispánicos coexistían, en lo que más tarde sería el actual territorio provincial, una cantidad apreciable de grupos étnicos.

Algunos de aquellos se hallaban ubicados al este, tanto en los faldeos, valles intermontanos y piedemonte orientales, como en la llanura allende a la llamada en época colonial Sierra de Santiago (actual Sierra de Guayamba-El Alto-Ancasti) y su porción norte (actual Sierra de Narváez). Tenían una filiación étnica que entremezcló unidades sociopolíticas de lengua tonocoté, jurí y kakán, dificultando hoy la discriminación concreta de identidades étnicas y áreas de influencia. En cierto modo porque las sierras mencionadas funcionaron como un ámbito muy rico en intercambios materiales y rituales entre naciones con un patrimonio cultural distinto.

Otros grupos se hallaban asentados en la zona de puna, prepuna y eventualmente algunos oasis del oeste catamarqueño, hablaban la lengua kunsa, y pertenecían, como partes de un todo, al grupo étnico atacama. Pero la mayoría de las etnias prehispánicas, que ocuparon el resto del actual territorio, fueron llamados diaguitas por los conquistadores españoles, porque utilizaban el idioma kakán para comunicarse. Sobre el estudio de estos últimos pueblos corrió mucha tinta, las más de las veces confundiendo a los lectores, pues se tendía a homologar diferentes grupos étnicos por el hecho de hablar una misma lengua.

De esta manera los diaguitas, aparecían en la literatura sobre el tema, como si fuera una etnia, cuando en verdad no existe ninguna fuente documental que los registre como tales. Es triste, pero los diaguitas no existieron; fue una etiqueta que les permitió a los españoles reconocer grandes conjuntos poblacionales a partir de una serie de características como el idioma, los patrones de asentamiento, la vestimenta, la tecnología agrícola, etc., más no resumía identidad étnica particular.

La identidad étnica clasificaba a los hombres y le otorgó estructura a la sociedad. Es decir que los seres humanos participaban de varios niveles, cada uno de los cuales implicó un grado de complejidad y organización creciente que además subsumía al anterior. Una versión simplificada sería: individuo-familia extensa-conjunto de familias extensas- parcialidades-grupo étnico. Ejemplos de estas formas organizacionales fueron dos cédulas de encomienda de indios otorgadas en 1588 y 1691 por el gobernador Juan Ramírez de Velasco a Alonso de Tula Cervín y Baltasar de Avila Barrionuevo, respectivamente:

"... os encomiendo [a Alonso de Tula Cervín]... en la comarca de Catamarca... los pueblos, caciques e indios siguientes: El pueblo de Facha facha con los caciques Chasi y demás caciques y el pueblo de Coneta con los caciques que tuviere... y el pueblo de Guaycamagasta con los caciques que tuviere y el pueblo de Sévila con los caciques que tuviere y el pueblo de Ambatagasta que está junto a la quebrada de Sévila..." (citado por Montes 19 "... encomiendo en vos el dicho capitán Baltasar de Avila Barrionuevo... el valle y pueblo de Colpes que están divididos y poblados en dos partes con el cacique Catibaz y con los demás que tienen o tuvieren con la parcialidad de Tucumangasta con el cacique Tucuma y con los demás principales e indios del dicho pueblo..." (citado por Schaposchnik 1991: 30).

Cada nivel de participación fue otorgando mayor legitimidad y recursos a las acciones de los hombres. Por un lado, porque el acceso a los beneficios que ofreció la vida comunitaria, implicaba la aceptación de deberes y obligaciones, que ya no tenían un límite en la familia extensa, sino en el seno de una entidad mayor: el grupo étnico. Por otro lado, porque de esta forma pudieron acceder a mayores cuotas de trabajo, tierra, recursos naturales, producción, circulación y consumo de bienes y servicios, y lazos parentales.

La desvinculación de los individuos a la etnia, que sólo podía darse a través de sanciones sociales por delitos éticos cometidos, los condenaba a la despersonalización. Y esto último significaba poco menos que la muerte, debido a que la única forma (individual y colectiva) de ser persona en el mundo prehispánico catamarqueño pasaba por una relación de pertenencia a una etnia. Allí se lograba la reproducción de todos los ciclos de la vida cotidiana, al mismo tiempo que se aseguraba la defensa de los intereses comunitarios contra ataques de otros grupos étnicos circunvecinos.

Aquellos actos de defensa de la autonomía comunitaria provocaban necesidades de organización eficaz. Fueron también los que empezaron a dotar de una presencia mayor en las decisiones, a las autoridades políticas de las etnias. Los caciques o los curacas, como fueron llamados por los documentos españoles, debieron forjar alianzas o entablar guerras para salvaguardar a la comunidad. El problema mayor que llevaba al enfrentamiento o al establecimiento de relaciones pacíficas, giraba alrededor de la competencia por los recursos.

En un área donde la tierra, a más de ser escasa, sólo podía entrar en producción con una buena dotación de riego artificial, resultaba lógico que el aumento demográfico propiciara el constante corrimiento de las fronteras territoriales de las etnias. Mucho más profundo era el problema si consideramos, como ya vimos, que los territorios de una etnia no guardaban contigüidad entre sí.

A la llegada de los hispanos a la zona que después abarcaría la futura Catamarca, muchos grupos étnicos se encontraban en conflicto, y en consecuencia, armaron espacios de cooperación con otras unidades sociopolíticas. Los mismos tenían su basamento casi siempre en intercambios matrimoniales, que por los compromisos generados dieron origen, a la larga, a agrupaciones de tipo federativo o confederativo. Esas instituciones permitieron el surgimiento de caciques o curacas con un manejo equilibrado de la coerción y el consenso para convertirse en líderes carismáticos de grandes espacios territoriales.

Si bien por el momento es difícil determinar las características de las unidades sociopolíticas locales cuando tomaron contacto con el estado incaico primero, y con las huestes hispanas después, por las evidencias de los capítulos anteriores estamos en condiciones de asegurar que se trataba de potentes cacicazgos. Estaban integrados por varios grupos étnicos, bajo la hegemonía de uno de ellos. En el Gran Alzamiento de 1630, con centro en la zona oeste, se evidenció claramente una alianza de grupos comandados por Juan Chelemín, cacique de los malfines.

Dicha alianza englobaba, vía matrimonios y acuerdos políticos, tanto a los Andalgalá, los huachacsi y quilangastas como a etnias del sur del valle de Santa María (yocaviles e ingamanas). Más allá de haberse forjado en una coyuntura rebelde particular, la emergencia de la alianza estaría sustentada en relaciones interétnicas de vieja data. En estos casos, la alianza edificada en base a relaciones parentales, tendió a agrupar grandes contingentes de recursos humanos y territorialidades. La ampliación de la base demográfica y productiva, se constituyó en un elemento sobre el que forjaron múltiples estrategias de resistencia a la conquista española.


1.- Introducción
2.- La organización del espacio territorial
3.- El proceso de conquista
4.- Las instituciones de la dominación
5.- El fin de las organizaciones nativas
6.- Las respuestas indígenas
RESUMEN
BIBLIOGRAFIA RECOMENDADA
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